Un Calzoncillo de Möbius
Mario vivía orgulloso su vida rutinaria. Se levantaba al borde del alba, apagaba por anticipado el despertador que raramente había tenido oportunidad de bufarle al oído, desayunaba, se preparaba y se iba a trabajar. Todo en cuestión de cuarenta y dos exactos minutos. Dieciocho minutos de viaje después, trabajaba.
Mario pensaba que tal eficacia, su palabra favorita, era posible gracias a que vivía solo desde hacía tres años; cuando hubo ahorrado lo suficiente para comprar unos tiliches, salir de la casa de su mamá y alquilar un cuarto acorde con su mísero salario de oficinista.
Un título patético: "oficinista", pero no es de interés a este relato el hecho de que Mario era básicamente un mueble en un ministerio del centro de San José. Puesto que obtuvo cuando se murió don Julián, sexagenario inamovible y patrimonio ministerial, atropellado por un camión lleno de pollos que viajaban desde La Garita con rumbo a Taras.
De ahí que Mario era oficinista. Le gustaba su trabajo; tenía un horario bastante cómodo en una oficina húmeda y oscura (a la que sus habitantes se amoldaban casi sin darse cuenta; pareciéndose cada día más a bichos de los que podríamos encontrar viviendo bajo troncos caídos y cuevas) en la que Mario trabajaba incesantemente sin compartir más de lo estrictamente necesario con sus compañeros, vejetes como don Julián, a la espera de sus respectivos pollos (por no decir muerte, que suena muy feo).
Un día de tantos apareció en el ministerio una psicóloga. Hizo charlas, entrevistas, pruebas y otras tantas cosas de las que acostumbran hacer los psicólogos y sólo ellos entienden. Mario, generalmente interesado en pocas cosas distintas a la matemática (su muy peculiar pasatiempo), gustaba ver caminar a la psicóloga entre la penumbra de la oficina. A partir de ese día Mario empezó a imaginarse elaborados escenarios en los que Fernanda (la famosa psicóloga, obvio) se interesaba en él, usualmente gracias a una brillante inducción o al velocísimo cálculo del volumen de un recipiente cualquiera.
Pero el día de la entrevista de Mario tardaba demasiado en llegar. La psicóloga parecía ignorar su existencia mientras que él, bastante ansioso, la miraba quizás un poco muy fijamente cuando llegaba en las mañanas, como queriendo hacerse notar a fuerza de pupilas.
Si ella lo hubiera visto, diría que su estómago le jugaba una mala pasada.
Una mañana Mario se despertó muy temprano, mucho más de lo acostumbrado, por un mal sueño en el que llegaba todas las mañanas a trabajar sólo para darse cuenta de que todo lo que había hecho el día anterior estaba mal. Algo insoportable para alguien como Mario, podemos suponer. Ese día no quiso desayunar y se vistió de prisa, talvez pensando que al salir temprano de su casa dejaría la pesadilla atrás. De camino a la oficina Mario no se sentía bien, como si llevara puesta una camisa muy pequeña o los zapatos al revés. Algo tenía mal, diferente, y no sabía que era.
Por supuesto, como se supondría en cuentos como éste, ese día ocurrió la entrevista. Se sentía enfermo y fuera de sí mientras hablaba con la psicóloga, que le preguntaba cosas de las que sólo los psicólogos preguntan y nadie entiende bien. Mario, tan raro y desaliñado como estaba ese día, le pareció particularmente extraño al decir que su pasatiempo favorito eran los números y al contarle (sin haberle preguntado) su poco común sueño. En verdad no recordaba haberlo visto nunca así. Obviamente fue aún mayor la sorpresa cuando el "flaco de la esquina" la invitó, ¡en media entrevista!, a cenar ese mismo día.
Normalmente hubiera dicho que no, pero el flaco siempre le había parecido "inofensivo" (aunque un poco menos esa mañana, debía admitirlo). Nada que perder, se dijo Fernanda, especialmente un día como ése en el que no tenía ninguno de sus acostumbrados planes sociales.
Claro está, jamás se hubiera imaginado despertar al día siguiente en el cuarto impecablemente ordenado, lleno de libretas con cálculos, donde el flaco dormiría probablemente hasta tarde en la mañana. Pensó una vez más en lo poco común que era Mario cuando con la luz del amanecer descubrió una pizarra en el lugar donde normalmente existiría un espejo. Parecía que el flaco había estado dibujando listones doblados hacía unos días.
Pensó sonriendo que si durante la entrevista él la había sorprendido; en la cena la dejó sin palabras. Lejos de la timidez que lo caracterizaba en la oficina (deprimentemente oscura, recordó) Mario le habló y escuchó con pasión durante toda la noche mientras ella buscaba una causa, a falta de explicación, para tan inexplicable giro en la personalidad del flaco.
Decidió marcharse cuando el calor en el pequeño cuarto se le hizo incómodo. Sentada en la cama, en el baño y posteriormente de pie en la puerta Fernanda pensó en despedirse. Desistió de la idea al descubrir en el piso ropa interior, la que sin duda él había llevado puesta, deformada con lo que parecía ser un doblez tal como los que había visto dibujados en la pizarra. Insegura de lo que había visto, se acercó sólo para terminar de convencerse; aquello era algo simplemente imposible, tirado en el suelo frente a ella.
El placentero asombro que había experimentado hasta el momento dio paso a la más sincera consternación. Su mirada alternaba vertiginosamente entre el nudo en el suelo y el flaco que dormía inmóvil, pareciéndole ahora tan raro como una gárgola bajo la luz del sol. Fernanda literalmente huyó de ahí.
Mario se despertó casi a mediodía, mareado por el calor. Abrió los ojos y vio en el piso su calzoncillo; que tenía un solo lado.
