Casa Teka
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Fue un semestre agotador. Al final logramos tener los últimos bretes coordinados para jalar en busca del sol y la paz que tanto hace falta en Chepe. El último detalle por ajustar era planear una estadía cómoda en la playa que no implicara morirse de hambre frente al mar o mojarse cuando al Pacífico se le antoje mandar uno de esos aguaceros que en esta época del año, sí existen en la playa. Lo logramos. Estuvimos 8 días y comimos como si lleváramos a la abuelita de cocinera, todo gracias a Casa Teka y a la facilidad de este lugar para sentirnos como en casa, a sólo 50 metros del mar.
El viaje es largo, pero vale la pena. A las 7 a.m. abordamos el bus para Malpaís en la terminal de la Coca Cola, que no es tan peligrosa como le han dicho, y menos si usted anda con la estampa de pobretonas con que salimos nosotras esa mañana. Los cinco mil pesos del pasaje incluyen el traslado en ferry que se hace desde Puntarenas, asientos reclinables y aire acondicionado durante las seis horas hasta el destino final.
De la última parada del bus, 300 m al norte sobre la calle principal de Playa Carmen, llegamos a Casa Teka. No busque el rótulo porque no tiene. Usted puede reconocer este hostal porque está pintado de negro y tiene ruedas. Sí, ruedas... Dos columnas de madera escoltadas por figuras de piedra dan la bienvenida, si de repente le dan ganas de darse media vuelta y salir corriendo, la recomendación es que no lo haga.
El hombre clave en este lugar se llama Arthur. Pregunte por Arthur aunque no lo conozca. Cuando lo conozca no trate de huir. Es importante que disimule el susto, sonría y extienda la mano a este gigante de perpetuo traje blanco y cigarro. Arthur es el dueño del lugar y el que se encarga de echarle una ojeada al cliente para aceptarlo o no en el chante. El no sonríe nunca, esto es normal y no una señal de que usted es rechazado. Si usted tiene pinta de estudiante universitario del tercer mundo, artesano, mochilero suramericano, surfista pobre, ser humano desadaptado, si es de los que lee esta revista, sin lugar a dudas lo dejará entrar y pasar ahí una de las mejores vacaciones de su vida por tres mil colones la noche con derecho estadía, baño, cocina y desayuno. El desayuno es de lo mejor: huevos, arepas, café, leche, cereal, mmm y usted puede comer hasta quedar inmóvil en la silla y ser devorado por los mosquitos… pero acá lo normal es compartir, así que vaya listo para cocinar para diez personas alguna de las noches a cambio de que le cocinen o que lo inviten a comer pizza cualquier otro día.
Este holandés de dos metros llegó hace 5 años al país con la idea de mandar a la porra el ritmo de vida que había mantenido como ingeniero civil responsable de la construcción de importantes proyectos turísticos a lo largo de 25 países del mundo. La verdad es que nosotras allá, sin Wikipedia a la mano, no sabíamos si creerle cuando cuenta que construyó un hotel atravesado por unas cataratas en Yakarta (Indonesia). Suponemos que por la seriedad con que lo dice, es porque realmente sí existe un lugar en el mundo con ese nombre.
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Las costas de Cóbano le parecieron el mejor lugar para sentarse a fumar en compañía de Keerara, su perra pelirroja y fue acá donde se encontró con Bretania, una inquieta niña de ocho años que necesitaba urgentemente un papá y fuentes de distracción.
Casa Teka resultó ser un sueño loco materializado, está sobre la plataforma de un cabezal forrado por dentro con madera de teca, y como tiene ruedas en lugar de cimientos, no puede ser considerado como una construcción, por lo cual no contradice ninguna de las miles de leyes y restricciones que Arthur encontró en este país para darle rienda suelta a sus particulares proyectos. Entre uno que otro gruñido, mientras ve alguna flor exótica que se atreve a florecer en un julio hirviente, Arthur se queja de lo poco funcional de las leyes en nuestro país. Nos cuenta cómo terminó el “bus bar” estacionado por siempre a la orilla del camino. Ahora es un recuerdo triste de “la cazadora” que recorría diariamente de Santa Teresa a Malpaís, trasladando gratis a los habitantes y ofreciendo bebidas refrescantes y espirituosas a todo el que quisiera comprarlas. “Ya no hay bus gratis, así es la ley”, se lamenta en mal español y sigue fumando de piernaza cruzada sobre un tronco. Entre otros de sus proyectos por realizar, está convertir este hostal en un espacio para la capacitación de los habitantes de la zona en computación e inglés, como una forma de dar un aporte a una comunidad que lo ha respetado y acogido como uno de sus vecinos.
Y aunque Arthur tenga cara de malo, y la cocina esté empapelada con fotografías de él en su Harley Davidson, la ropa de cama y las cortinas sean negras, los aposentos no tengan puerta y los gatos pululen en la noche entre su ropa de playa, recuerde que en Casa Teka nada es lo que parece.
El día que nos íbamos me asomé al cabezal de Arthur (oficina administrativa) para despedirme y pagar la cuenta. Ahí lo encontré tirado en el suelo, con sus enormes pies salidos por el marco de la puerta. Yo pensé lo peor. La inmensidad de Arthur en el suelo por un desmayo o un asalto que dejaba al gigante abatido. No se trataba de nada de eso, era culpa de Effa, una de sus gatas, quien esa mañana estaba por parir y Arthur le sobaba la panza y en el holandés más dulce que he escuchado le decía que iba estar bien con sus gatitos. Así nos dimos cuenta que este hombre siempre lleva la sonrisa por dentro.
