Gallina en Patio Ajeno: El Sistema de Honor
Mi shock cultural favorito es el encuentro con el insólito sistema de honor. El asunto es tan exógeno que ni siquiera tiene artículo en Español en la Wikipedia. La versión rápida es que el sistema confia en los individuos y no los vigila, sino que se sostiene en la honestidad de cada quién. El castigo en el sistema de honor es la verguenza, la pérdida del sentido de la integridad personal, la pérdida de la confianza de la comunidad. O sea, nada de peligro de muerte, encarcelamiento o castigo corporal y por lo tanto no significa nada para la Vándala tercermundista que vive en mi.
De uno de mis primeros viajes fuera de América Latina no recuerdo tanto los lagos ni las hojas de los árboles en el otoño ni los museos de antropología ni todas esas cosas de las que tengo fotos. Lo que quedó tatuado en mi retina es que al pasar por el peaje, no hay aguja que detenga a los conductores. Sin embargo, todos hacen fila tranquilamente para pagar los cuatro o cinco dólares que cuesta el asunto. Vándala obviamente pregunta: ¿y si uno no paga? ¿Qué pasa si uno pasa de largo? ¿Hay una cámara fotográfica que captura el número de placa y te manda una multa estratosférica al otro mes? No. La respuesta de mis educados guías fue: pues si la gente no paga, no alcanza la plata para mantener esta carretera, entonces la gran mayoría de la gente paga. Vándala suspira.
En una estación del tren me pasa más o menos lo mismo. Yo obvio, soy una limpia y ese día no tengo tiquete. Mi amigo Paraguayo, otro vándalo que tiene meses de vivir ahí me dice: no te preocupés. Sin mayor esfuerzo se salta la barandita y entramos al tren. Mis nervios brincan descontrolados todo el camino paso pensando que nos va a agarrar la policía y nos van a deportar junto a un grupo de somalíes que llegaron en panga por el estrecho de Gibraltar. Y no pasa nada, claro, y Vándala se confunde.
Ni hablar de los programas esos de bicicletas comunitarias que hay en varias ciudades, en los que cualquiera puede agarar una bici y luego devolverla. Eso de "luego devolverla" le provoca a Vándala ataques de risa incontrolables. Digamos que una situación igualmente rara es ir al cine en bici y dejar la bici afuera, así nomás. Vándala pasa toda la película pensando en la bicicleta, noventa minutos calculando que en ese frío me voy a tener que devolver a pata, y que la bici toda hecha pistola cuesta al menos cien dólares en el mercado negro de donde me voy a ver obligada a re-comprarla. Vándala piensa que en su país todo lo que se deja sin amarrar tarda exactamente 15 segundos en vaporizarse, si se deja bien amarrado puede que dure 30. Y sin embargo salgo del cine y la bici, como todas, está ahí.
Al rato se fue volviendo normal entrar con Vándala a una tienda y que nadie me pidiera dejar el bolso, que nadie me revisara como una criminal a priori y que luego a la salida no hubiera cajero sino que yo misma tenía que pasar todos los chunches por la maquinita y hacer auto-checkout. Que los libros en promoción estuvieran en un estante en media calle, que los juguetes de los niños quedaran en el jardín, que los abrigos se pusieran todos en un clóset en el bar. Vándala observa cómo a nadie se le ocurre robarse las plantas de los separadores de las autopistas, el cable de la electricidad, las placas de los monumentos ni las tapas de las alcantarillas. Con razón algunos extranjeros se quedan perplejos en el súper promedio latinoamericano cuando se da cuenta de que una botella de shampoo tiene pegado un dispositivo de seguridad que activa una alarma y posiblemente un escuadrón de ataque de la policía militar.
Al final de la fila en la ferretería te preguntan: ¿cuántos tornillos? y te cobran por lo que decís, nadie cuenta putos tornillos. En mi cabeza, Vándala tercermundista piensa: podría llevarme diez mil tornillos. Vándala nunca piensa: ¿para qué putas quiero yo tornillos?. Igual con la caja de los periódicos, que dice "tome uno" y efectivamente cada quién pone la plata y agarra uno solo, porque la gente solo lee una copia del periódico y no necesita más. En el restaurante va uno a la caja y le preguntan: ¿qué te cobro? Y todo el mundo dice la verdad y paga, porque no tiene sentido hacerle daño a un negocio que nos gusta. Uno deja la sombrilla en la cubeta de la entrada y a la salida, ahí está, porque no hay nada más podrido que robarse una sombrilla. Pasa todos los días mil veces, se hace una y otra vez hasta que Vándala cada vez habla menos, duerme más.
Así funciona y es fácil acostumbrarse. Lo más difícil es volver a despertar a la Vándala cuando va aterrizando el avión de regreso y otro mundo espera ahí apretujado detrás de la baranda del aeropuerto, de regreso a casa.


2008/11/25 | Beto