No encontré ningún estudio que hablara sobre el choteador- serruchapisos-ególatra-hipocritón que, en potencia, todos llevamos dentro. Solo pude recordar el estudio del profesor Jorge Murillo (UCR, Facultad de Letras) “¿Me regala un vasito de agua?” publicado en no me acuerdo cuál número de la revista de filología, y que versa sobre un tema ya antes medio explorado por el escritor Max Jiménez en su libro El Jaúl: nacer, crecer, reproducirse y morir sin hacer bulla, o haciendo la menor cantidad de bulla posible para no incomodar al vecino, debe ser el fin último de los habitantes de nuestro terruño.
Sin duda somos peligrosos: los turistas nos consideran seres sonrientes en peligro de extinción y vienen a observarnos con más detenimiento que al sapo dorado de Monteverde. Lo que no saben es que detrás de esas sonrisillas inocentes se esconde un animalito grotesco, violento al volante, intransigente, comedor compulsivo de arroz con macarrones, invivible y hasta mala-nota... nuestro “otro yo”. Mientras pedimos “meregalaporfavorygracias” un vasito de agua al mesero, somos completamente capaces de encender un cigarrillo en la mesa que está al lado del Playground del restaurante, valiéndonos un pito la presencia de niños, perros, gente que no fuma y demás bichos incómodos que circulan por ahí.
Nuestras técnicas se han ido depurando gradualmente al lado de la consolidación de la república, para convertir en idiosincrasia las actitudes más singracia y mal amansadas del planeta: todo se vale, desde tirar basura por la ventana del carro hasta aseverar que si la muchacha va en minifalda se le puede gritar “sssssshica” a voz en cuello porque “la está pidiendo”. Nos encanta el cine independiente afgano, pero nunca vamos al estreno de un cortometraje costarricense “porque aquí todo es una mierda”. Igual pasa con la música, la comida, las revistas, lo-que-sea... Somos pésimos consumidores, con malos hábitos incorporados en nuestro chip-para-desacreditar-lo-que-a-fulanito-se-le-ocurrió-primero. Curiosamente, nos encanta criticar las iniciativas locales, aseverando que nosotros “podríamos hacerlo mejor” sin hacerlo nunca porque no tenemos tiempo, por supuesto. Y a la gente como yo, que censura este tipo de conductas, tendemos a llamarla “comemierda”, “juega de viva” o “queso”.
En esta sétima edición pasada por agua, no vamos a hablar de nada de eso... Soy la nueva adquisición de la junta directiva de la bimba, y me permitieron estrenarme en un editorial (en el que aprovecho para amargarme y amargarlos con mis opiniones moralistas y mala vibra). Al principio pensé que lo de la bimba y yo no iba a pasar de un one night stand: los bimberos aparecieron una noche en mi casa, vaciaron mi despensa, hicieron un desorden y se largaron dejando los platos sucios y el salón hediondo a cigarro... Sin embargo, días después llegaron de nuevo, esta vez con flores, vino y chocolate, y me pidieron la entrada. No me pude resistir: son jóvenes, de finos modos para la manipulación, de palabra fácil y empalagosa... Y caí.
Pero volvamos al inexistente punto velar de toda esta trama. Como les mencionaba un párrafo atrás, la bimba siete no versa sobre las insoportables conductas humanas referidas anteriormente: estrenamos nuevo número con alegría y emoción, felices de ofrecerle material para satisfacer sus curiosidades menos utilitarias, desde remedios caseros para la diarrea hasta disertaciones sobre cine y televisión, pasando por nuevas recetas exóticas para chinear sus paladares y algunas instrucciones para que su porno casero salgan deluxe.
Sin más, les salimos con un domingo siete.
Adriana Sánchez es filóloga formada en la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica. En su tiempo libre se dedica a dominar el mundo desde su cubil, siendo conocida por las inteligencias superiores como la Emperatriz del más acá y el más allá. Además, cocina como los dioses.
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nadacr @ Tue Jun 17 14:45:47 -0500 2008
Muy buen editorial, de verdad!. Buena "adquisición" :jeje: la furia.